Un joven y su madre cruzan en una carreta tirada por un burro las calles destruidas del campo de Jabalia, en Gaza
Campo de Jabalia, Gaza. Foto: Mohammed Ibrahim / Unsplash

Por Jorge L. Daly*

Una niñita, no más de tres años, yace tendida en un paraje dantesco, su corta vida segada por un proyectil alojado en su cabecita. Otra, un poco mayor, vive, viste un lindo traje (celebra su cumpleaños) que no alcanza a cubrir el muñón de uno de sus brazos ni lo que queda de sus dos piernas amputadas. Cuenta el cirujano que fue su madre, no él, quien la anestesió con susurros de una dulce melodía que, al final, apagaron los gritos de dolor. Se domicilian en Gaza, la primera y la última estación del infierno. Son víctimas de almas enfermas que sirven al Ángel Caído.

¿Quién detiene la barbarie?

La información que da cuenta de la matanza de los inocentes está al alcance de todos. Por el momento, dejemos de lado a quienes se ufanan de subir a las redes sociales testimonios gráficos de sus proezas, así como a los espectadores que las celebran. Ellos, infelices que no alcanzan a divisar las puertas del purgatorio, merecen mucho más que un análisis psicológico. Prestemos primero atención a quienes nos consideramos normales. ¿Quién entiende por qué hay tantos, quizás la gran mayoría, que son indiferentes? Tolstói ilumina: “Si sientes dolor, vives; pero si no sientes el dolor de los demás, no eres ser humano”. ¿Condenados, por lo tanto, a la falta de curiosidad por saber y, qué decir, por sentir quiénes somos? ¿A no vivir la vida en plenitud? Vivir en la indolencia, ¿no será una pérdida terrible?

Pues bien, los que no quieren o no pueden escapar del dolor y de los estragos de la infame deshumanización se arriesgan a visitas continuas al infierno. Dostoievski afirma que no hay infierno posible donde existe el amor. Ah, ¡qué fácil! Al margen de que el vía crucis puede ser interminable (que la aurora de la resurrección asome no en tres días, sino en tres siglos), ¿quién abraza al Herodes de hoy que proclama la necesidad de matar a todos los bebés palestinos? ¿Quién refuta a quien sostiene que, en estos tiempos terribles, el amor se reduce a una mera palabra, a un tema de conversación?

Sin embargo, Dostoievski hablaba otro idioma. La vida es un infierno porque pocos descubren que el amor no es una emoción pasajera sino una esencia o energía que simplemente es: existe antes, durante y después de nuestro breve paso por el mundo. Una esencia que proviene de una dimensión atemporal en la que nada es relativo. Una dimensión, llamémosla Silencio, sagrada. Una suerte de espacio que nos nutre con una fragancia íntima que nos pasma, como si nos invitara a acoger todo lo que da fruto a nuestras experiencias: la virtud y el vicio, las penas y las alegrías, la agonía y el éxtasis, la belleza y la repulsión, la nobleza y la vileza. ¿Su residencia? El cielo (perdón por la banalidad). Es que el cielo siempre está. Las nubes límpidas y los nubarrones oscuros siempre aparecen, se muestran y luego se van.

Contemplemos que el amor siempre está y vive en nosotros, pero lo olvidamos poco después de nacer. Camus nos da luces para recordarlo, reconocerlo y encarnarnos en él mientras vivimos. “En medio del odio descubrí, en mi fuero íntimo, un amor invencible”. Descubrió entonces su esencia, la esencia de la vida. ¿Qué hizo para descubrirla? Creo que nada, absolutamente nada. Sospecho que ni su intelecto ni sus sentidos le sirvieron. Más bien, es posible que su profunda observación haya germinado en momentos de asombro absoluto, de alerta total y, a la vez, libres de agitación, en los que tanto su mente como sus vivencias sensoriales cesaron toda actividad. Momentos en los que la atención (del latín attendere, que significa “dirigir la mente hacia”) retorna, como una suerte de liga estirada que se suelta, a reposar en silencio, en el Silencio, donde naturalmente se revela (del latín revelare, que significa “quitar el velo”) … se revela… se revela… ¿qué se revela?… no me corresponde decirlo, porque, para saberlo, uno debe vivirlo… Nada más puedo agregar salvo subrayar que el “amor invencible” de Camus no es propio de él. Pervive en cada ser humano.

El amor, la vida, vibra en un espacio invisible, da origen a todas las formas visibles y nunca se separa de ellas. Todo es indivisible. Justamente, esa fue la observación de Einstein al advertir que somos víctimas de una ilusión óptica de la conciencia y que, en realidad, no hay separación entre unos y otros. Si Einstein no convence, sugiero investigar sin razonar y hacernos preguntas insulsas que inviten al descanso de la mente. Intentemos con un ejemplo: ¿busca el pez dónde está el mar?… Otro ejemplo: ¿pregunta el sol qué lo ilumina?… Uno más: ¿rebuscamos dónde están nuestros ojos?… No hay respuesta alguna, solo momentos de silencio, ¿verdad? Esos momentos de silencio, ¿qué revelan? De nuevo, saberlo poco sirve. Distinto es sentirlo… mejor, vivirlo.

Ah, qué distinto sería este mundo si, en lugar de dejarnos seducir exclusivamente por nuestros pensamientos y percepciones, nos entregáramos a la quietud, al Silencio y disfrutáramos de la fragancia que emana, su esencia, el amor que todo lo permea. Pero porque vivimos encandilados con lo visible y no con lo invisible, no lo hacemos y, por ello, vivimos desconfiando del otro, demonizándolo, reproduciendo la conciencia de una civilización que padece una enfermedad terminal. Carl Jung lo señaló hace un siglo. Tan enfermos estamos que ni siquiera palpamos la miseria que vivimos a diario y que sembramos por doquier.

¿Quién detiene la barbarie?

Leo que en Gaza una niña de cinco años ha perdido a toda su familia y que una madre ha enloquecido porque pudo rescatar de los escombros la mitad del cuerpo de su hijo. Se estima que Hiroshima se ha reproducido quince veces en esta pequeña franja, que un académico israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén tildó en 2003 de ser el campo de concentración más grande de la historia. ¿Quién advierte que la Estrella de David ha mutado, qué desgracia, en la esvástica de hoy? No nos engañemos. La responsabilidad de esta tragedia no recae exclusivamente en un país cuyos líderes carecen de humanidad. Recae en quienes brindan un escudo financiero, militar y político: Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia. Vale decir, en Occidente entero, que lideró la construcción de una civilización cuyo rasgo distintivo, en estos tiempos tan terribles, es un inmenso cementerio donde yace sepultada su fibra moral.

Ante esta espantosa realidad, ¿qué hacemos? ¿Quién se pone frente al alud que arrasa con escuelas, hospitales, mezquitas, iglesias y vidas humanas? ¿Quién despierta la conciencia de los responsables? Hoy, Occidente fabrica guerras para fabricar armas. Sus entidades financieras las subvencionan. Sus medios más prestigiosos no las denuncian; más bien, las condonan e intentan imprimirlas con el sello de la normalidad. Su clase política sirve a la codicia y no al bien común. Su economía está concentrada en manos de unos pocos que desarrollan inteligencia artificial con fines militares.

¿Quién detiene la barbarie?

Camus, de nuevo: “Así toda la fuerza del mundo intente aplastarme, encuentro, en mi fuero íntimo, algo más fuerte y mejor que la detiene”. Sí, un “algo”, una suave brisa capaz de postrar a la fuerza más bruta, una luz que opaca las tinieblas. Al igual que Camus, la reconocemos en momentos de entrega al Silencio. Así reflejamos, naturalmente, el brillo de una humanidad que las almas enfermas, los victimarios de hoy, mantienen en absoluto desprecio. No olvidemos que la deshumanización de los demás pasa por la deshumanización de uno mismo. Redescubrirla hace impensable torturar, violar, abusar, matar al semejante.

¿Hay otras opciones? Busco y no encuentro. La barbarie reina, nos lleva a las puertas del infierno. Ahí se sacrifican tantos niños inocentes. Me pregunto, con pena, si acaso el mismo infierno es el precio que, al final, debemos pagar para purificar la insania. No lo sé, pero observar a tantas personas en todo el mundo que resisten el genocidio, así como a combatientes israelíes que han depuesto las armas y lo denuncian abiertamente, es una señal de esperanza. Tal vez ellos prefiguran la aparición de un nuevo estado de conciencia colectiva que necesitamos con urgencia.

Ojalá así sea.

* Jorge L. Daly es autor de Un largo viaje al silencio (Garamond, 2022) y de Testamento de un sueño (Garamond, 2025).

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